Hoy, en el día en que Patricio Melero —exdiputado e importante personero político durante la dictadura cívico-militar— se convierte en ministro del Trabajo del gobierno de Piñera, recordamos este episodio narrado por Pedro Lemebel en su libro Adiós mariquita linda:

«En un minuto aparece Melero con una patota gorilona y, sin pedir permiso, cruzan frente a los guardias, las azafatas y el público con una prepotencia fascista, con cara de fachos, con barriga de fachos, con esa fría crueldad en los ojos que tienen los fachos, con ese pasaporte de permisividad que llevan los fachos en esta democracia, con esa desfachatez de trotar en el espacio público como quien pisotea un cementerio. No puedo negar que sentí pavor frente a ese equipo de rugby del Tercer Reich, sobre todo cuando la magistrada Bulnes me apuntó con su uña apolillada gritando: ahí está ese homosexual que me insultó, Melero. Ese es, ese mismo que se esconde entre las azafatas. Habla ahora, maricón, poco hombre que te proteges entre las mujeres. Y la magistrada tenía razón, porque el miedo me hizo dar unos pasos hacia atrás y las chicas, en sutil complicidad, me hicieron un espacio junto a ellas cuando el mamut rabioso de Melero se me vino encima con el puño contra mi cara. Y a solo unos centímetros detuvo el golpe y me dijo soplándose los nudillos: no te pego porque tenís sida. Como si se pegara por el aire, me atreví a decir en un hilo de voz. Ya vas a ver, maraco, lo que te pasa por haber insultado a la señora Bulnes, me amenazó el diputado de la derecha con su mirada de buitre, mientras la camarilla de gorilas se llevaba a la magistrada Bulnes cacareando risueña junto a su pandilla de rescate. Seré maricón pero no cargo en mi conciencia ningún asesinato, pude decir con la voz estrangulada por el miedo. Desde la escalera mecánica, Melero giró la cabeza una vez más para apuntarme con su dedo gatillo, y un escalofrío me recorrió entero. Nunca después de la dictadura me sentí tan desprotegido como en esa ocasión. Nunca más volví a sentir el terror amargo que se experimentaba cuando ellos tenían el poder, cuando a uno le podía pasar lo peor y nadie sabía, o a nadie le importaba, como en ese momento, porque todo había ocurrido frente a la mirada impávida de los guardias y de los pasajeros que se quedaron mudos, sin decir nada, incluso algunos que antes del incidente me habían palmoteado la espalda, diciéndome: muy bueno tu libro, Pedro. Leemos tus crónicas en el Clinic

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