Por Rodri Mallea. Publicado originalmente en La Voz de los que Sobran el día 14 de abril de 2021.


Hace unos días Pablo Maltés, candidato a gobernador por la RM, dio una entrevista a The Clinic, en donde se definía como “padre, mestizo, no binario, transfeminista, kuir, humanista y del lado de los oprimidos”. Esto generó un revuelo en redes sociales y tanto activistas de la diversidad sexual como voces del amplio espectro político acusaron una hazaña performática que se extralimitó del ejercicio de visibilización. Esto nos lleva a formular la siguiente pregunta sobre el trasfondo de la discusión: ¿Cuáles son las formas de apoyo -y los correspondientes límites- que se pueden brindar a las luchas identitarias con las que se solidariza políticamente?

Una de las principales batallas de las diversidades y disidencias sexuales y de género es la de visibilizar nuestras identidades. Esta es una de las formas de combatir la marginación sistemática que se produce y se reproduce en la sociedad actual. En sintonía con las luchas de diversos grupos oprimidos de la sociedad, buscamos recuperar la voz que se nos ha quitado por mucho tiempo. De por sí esto implica conseguir un nivel de autonomía y auto-representación que es tanto indispensable como imprescindible. Pero esto no se cumple cuando aliados y aliadas de nuestras luchas hablan en nuestro lugar o suplantan nuestras identidades, sin considerar lo que implica vivir la disidencia en el cotidiano. Tener una voz propia es un elemento necesario para emanciparnos del silencio al cual nos han sometido.

Sin embargo, tener una voz propia no es suficiente, debido a que contrario a lo que intuitivamente se puede llegar a pensar, la reivindicación por una lucha visible no es responsabilidad exclusiva ni “individual” de las disidencias sexuales. Nos manifestamos en contra de un Estado que se omite por completo considerarnos en su integración, diseño ni de sus políticas públicas; de una Constitución que de principio a fin no tiene ninguna mención a la diversidad sexual, su reconocimiento, protección ni mucho menos una mención en contra de la discriminación sistemática; y por cierto que también hablamos de cómo la violencia física, psicológica, simbólica y económica tiene víctimas, pero también victimarios.

Por eso nadie puede desentenderse. Sobre todo, porque hoy, los espacios que existen para combatir todo lo anterior son (en general) utilizados por hombres cis-heterosexuales y la escasa representación que tenemos para cambiar las cosas se hace de manera secundaria, mediada e indirecta. Entonces por mucho que la resistencia se origina sobre todo en la disidencia oprimida, cada cual tiene su rol frente a la discriminación: luchar en su contra o ser parte de ella. Y ahí, lo que urge es que todas las personas tomemos una postura activa en la erradicación de toda forma de discriminación y violencia. En ello, nadie debe quedar fuera: porque el silencio es cómplice.

Sin embargo, esta discusión presenta aparentes contradicciones que pretendo despejar. Por un lado, desde la misma población LGBTIQA+ defendemos que la identidad de género -y la vivencia disidente en general- es un proceso personal, interno y libre de cada persona, como producto de sus vivencias y descubrimientos personales. Por eso es que no hay una única forma de ser disidente. Por ejemplo, es incorrecto exigir expresiones de género andróginas a personas que no se identifican dentro del sistema binario en lo absoluto y que, por tanto, se identifican como no binarias.

El punto que genera tensión en el caso del candidato a gobernador y también de su pareja, la diputada Pamela Jiles, es que se cuestiona la adjudicación excesiva y antojadiza de identidades oprimidas. Unos meses antes, la parlamentaria escribió en su cuenta de twitter que se identificaba como mapuche, haitiana, nana, lesbiana y queer, entre otras. Existe un ejercicio sistemático que lamentablemente termina por apropiarse de vivencias que no son propias.

Nuestras identidades no son una lista de supermercado, ni un capricho pasajero. Tampoco son ingredientes para construir un personaje público, televisivo, político, que amplíe su capital político y de esa forma pueda subir en las encuestas. Usualmente la política e inclusive la izquierda que lucha por la emancipación de los grupos vulnerables de la sociedad han relegado estos temas a segundo plano. Sin duda que es un avance empezar a tomar postura y definir claramente del lado en que nos posicionamos. Nuestras identidades son de por sí un elemento político de resistencia hacia una discriminación estructural de extrema crudeza y violencia, que ha tomado vidas de compañeres por las que hoy seguimos luchando. Es en respeto a su memoria que seguimos luchando.

El apoyo que pueda pueda entregarse para visibilizar la lucha de les oprimides no debe implicar una suplantación de dichas voces movilizadas y organizadas que han luchado históricamente por una vida digna de vivir. Y que no quepa duda: nuestro futuro es dignidad.

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